CONGRESOS NACIONALES DE ASTROLOGÍA EN ESPAÑA

RECORDANDO LA TRASCENDENCIA DE LOS CONGRESOS NACIONALES DE ASTROLOGÍA EN ESPAÑA.

La imagen puede contener: 3 personas
Anuncios

REGLAS O CANONES DE LAS ELECCIONES

REGLAS O CANONES DE LAS ELECCIONES
(Claude Dariot, Traducción de Juicio de los astros, 1557)

Observando la natividad o la revolución del año, o la pregunta, se adaptará la casa y el significador de la natividad o la cuestión sobre lo que se quiere iniciar. Y si se conocen bien, habrá que adaptar la casa del significado de la cosa que quiere comenzarse y su regente, y buscar una hora en la que sean afortunados.

Por ejemplo, si alguien tiene intención de ir a la Corte, habrá que adaptar la novena y su Almutem, y si hay posibilidad, poner además en el Ascendente el signo que estaba en la décima, en el momento de la natividad o de la cuestión, o la revolución del año, y reforzar el regente de éste en la décima o incluso, en el Ascendente.

Asimismo, habrá que adaptar diligentemente el Almutem del Ascendente y el de la casa donde está situado, y que el signo del Ascendente sea de la naturaleza y cualidad del asunto que quiere emprenderse, como ya hemos explicado anteriormente.
Para iniciar una guerra habrá que elegir los signos de Marte, y así con todo lo demás. Sin embargo, si el Almutem del Ascendente es desafortunado, habrá que disponerlo de tal forma, que aspecte con él en trígono o sextil. La luna también, al ser común y participar en todas las cosas, y su regente, es decir, el del signo o la casa en la que se encuentra, deben reforzarse y adaptarse. La Luna no se pondrá nunca en la primera ya que es desafortunada. Se colocará también el Sol en el Horóscopo o en la casa que signifique el asunto que quiere comenzarse, en Aries o Leo, ya que de otro modo, sería maligno. Igualmente, hay que adaptar el planeta que naturalmente significa la cosa a iniciar, como por ejemplo un matrimonio. En este caso habría que adaptar Venus y fortalecerlo, y si se quisiera comenzar una guerra, habría que fortalecer a Marte, así como Júpiter cuando se desean adquirir riquezas, ya que estos planetas rigen de forma natural estos asuntos. De igual modo habrá que hacer con las demás cosas.
Además, habrá que tener cuidado con el lugar más inmediato de una conjunción u oposición de las luminarias y el regente de éstas, ya que tiene que reforzarse y adaptarse. De forma semejante deberá colocarse correctamente el Almutem de la casa de la esperanza, el de la décima y el de la cuarta, que significan el fin de las cosas, y si no, cuando se encuentren en ella o la miren en aspecto. De otro modo, sería el Almutem de la casa donde se encuentra la Luna el que mediaría si mira a la Luna, o la Luna le mira a él, o bien, el planeta que se une a la Luna, posteriormente sería el regente de la Parte de Fortuna si la mirase, o el significado morará en la Luna y en su regente, o en el cuarto signo que sigue al que se encuentra la Luna (como pretenden algunos), o en el regente del cuarto signo que sigue a la Parte de Fortuna.

Esto es lo que hay que observar para la elección antes de iniciar algo. Pero si todo esto no puede adaptarse, habrá que esforzarse por observar el mayor número de cosas posible, y para ello hay que adaptar y fortalecer, al menos, el significador de la cosa, el Ascendente y su regente, y la Luna. Pero si la Luna es desafortunada, habrá que hacer cadente el Ascendente, y hacer todo lo posible para que el planeta que infortuna la Luna sea regente y Almutem de la primera casa. Esto hará que el Horóscopo se mantenga bajo su fuerza, y no producirá preocupaciones al consultante, siempre que esté libre de todos los infortunios.

Si no puede ser regente del Ascendente, por lo menos deberá serlo de la décima, once o quinta. Y si la Luna está en recepción del citado planeta, no aportará gran infortunio y el mal se verá disminuido. Habrá que poner también en el Ascendente o en la décima, los planetas afortunados, a saber, Júpiter y Venus, o por lo menos, habrá que reforzar el planeta que sea señor de la hora, lo que servirá de ayuda y beneficio.
Estas son, brevemente expuestas, las condiciones favorables que hay que observar en las elecciones antes de comenzar cualquier cosa.

DE CUÁNTAS MANERAS LLEGAN LAS COSAS A SU TERMINO

DE CUÁNTAS MANERAS LLEGAN LAS COSAS A SU TERMINO (Claude Dariot 1557)

Una vez tratados suficientemente los principios y observaciones necesarias, conviene mostrar cómo y de cuántas maneras llegan a completarse las cosas. Esto se produce de cuatro maneras, a saber: por conjunción, por traslación de la luz y la naturaleza, por la captación de luz y por las casas. Así pues, cuando el Almutem del Ascendente, la Luna y el significador de lo que se pregunta están unidos físicamente o por aspecto, no hay duda de que la cosa se realizará, principalmente si esto tiene lugar en el Ascendente, ya que se producirían ciertas dificultades si tuviera lugar en la casa de la cosa cuestionada, pero aún así se realizaría.

En segundo lugar, estas cosas pueden hacerse por la traslación de la luz y la naturaleza, es decir, que si dichos significadores no están unidos, y hay algún planeta que se separa de uno de ellos, habiendo recepción, y se aplica al otro, teniendo en cuenta que no mire a otro planeta ni se aplique a él ya que aporta al segundo significador la fuerza y virtud que ha recibido del primero, aquél que recibe la luz será la causa por la que las cosas llegarán a término. Pero sucede de este modo, cuando el que pregunta está en concordancia con aquél al que pregunta, por mediación de un intermediario, un mensajero, o un juez.

En tercer lugar, las cosas se hacen, cuando un planeta, que es más grave que el Almutem del Ascendente y el significador de lo que se pregunta, corrige su luz, es decir, que el regente del Ascendente y el significador de lo que se pregunta, miran un planeta más grave que ellos, principalmente en recepción. Éste es como un juez que hace que las cosas lleguen a su entera perfección.

En cuarto lugar, las cosas llegan a término por la relación de los planetas en las casas, si los significadores de alguna cosa están en la casa I, denotarán que la cosa se hará completamente y sin mucho esfuerzo, sobre todo si están en recepción. Pero si el señor del Ascendente o la Luna o alguno de los significadores del que pregunta, se encuentra en la casa de la cosa por la que se pregunta, se realizarán, pero con un gran esfuerzo y trabajo, y lo mismo sucederá si no está en recepción del Almutem de ésta.

ver enlace:
https://astrologiaclasicaculta.wordpress.com/publicaciones/

DE LAS DISCORDIAS MUNDANAS

DE LAS DISCORDIAS MUNDANAS (Por Robert Flud)

Después de tratar de la concordia mundana, lo siguiente es emprender el discurso sobre la razón de sus discordias. De todo lo dicho anteriormente ha quedado demostrado con claridad que el caos estaba constituido antes de la ordenación final del mundo por proporciones en conflicto y que no había en aquella masa informe nada de concordia, según aquello del poeta: lo frío luchaba con lo cálido, lo húmedo con lo seco. Así pues, por estas causas, a saber: las incursiones hostiles del macrocosmos y la relación pacífica de éste, se producen los efectos, ya que en el comienzo del calor motivado surgió también la frialdad, su contrario, y entre ambos, que se hacen mutuamente la guerra, intervino la humedad como un tercer factor en tanto que formada de aquellos dos; y, sin embargo, de ningún modo se ajusta enteramente a cualquiera de dichos extremos, puesto que participa ciertamente de ambos, de donde ocupa el lugar central entre ellos.

Por esto, pues, la sequedad, sin apartarse nunca de uno y otro extremo, mantiene perpetua guerra con su contrario, la humedad, de tal modo que la una persigue a la otra con una hostilidad sin límite. y así, la naturaleza infinita, interrumpiendo estos encuentros belicosos en la naturaleza del macrocosmos, hizo de lo confuso cosas separadas y equilibradas: en virtud de la cual lo ligero subió a las regiones más altas, lo pesado, en cambio, se asentó bajo la arena húmeda, de tal modo que, como diré por boca de Trismegisto, cualquiera de ellos es conducido por el espíritu ígneo a un lugar a propósito y proporcionado.

Ordenadas así todas estas cosas en el cielo etéreo, cada planeta se encontró en su exaltación propia, ya que éstos estaban situados en el zodíaco celeste de tal modo que los que eran de naturalezas contrarias, distaban mucho entre sí. De aquí que el sol, en el primer instante de su creación, se encontró exaltado en Aries, la exaltación siguiente al cual correspondía a la luna, puesto que el primero dio al segundo de su substancia y ésta es como esposa o mujer y poseía a Tauro. Del mismo modo, Júpiter, benévolo en extremo para con el sol y la luna, se exaltaba en Cáncer, Mercurio en Virgo, Saturno, en cambio, sumamente malévolo para el sol, distaba de éste el semidiámetro entero de todo el cielo y estaba exaltado en Libra. Marte, finalmente, exaltado en Capricornio, distaba lo mismo del sol que de Saturno. y fueron de tal modo dispuestas todas estas criaturas del cielo que entre sus cualidades ningún conflicto se ponía de manifiesto. Sin embargo, después de que con su movimiento natural se han situado en un aspecto maléfico, lo que comúnmente sucede todos los años desde su origen, producen efectos conflictivos en las regiones inferiores, por los cuales las disposiciones de estas regiones son o absolutamente destruidas y extirpadas o notablemente abatidas y debilitadas, y esto a causa de las influencias maléficas de los planetas que están en malos aspectos, las cuales son peores cuanto peor es aquel planeta de entre los que se relacionan que, en el momento de su aspecto, es el más fuerte y potente. Por tanto, llaman maléficos a los planetas Saturno y Marte puesto que, de modo natural, extienden sus proporciones duplas tendentes hacia abajo a esferas incongruentes y contrarias a sus naturalezas. De donde, producen una harmonía corrupta y efectos más accidentales que naturales para las cosas inferiores y, sobre todo, para las vivientes, como anteriormente se ha dicho: pues todos los planetas son buenos en sí mismos, pero sus influencias, aunque por sí mismas también lo sean y principalmente la de estos dos a causa de las razones ya alegadas, llevan a cabo efectos perniciosos en los cuerpos no dispuestos adecuadamente para recibir sus influencias y naturalezas, de modo que la culpa no está ciertamente en el que da, sino en el que recibe, lo que también parece confirmar Yámblico con estas palabras: las cosas celestes no son malas, aunque aquí se reciban como tales, pues todas las fuerzas de los cielos descienden buenas desde allí, sin embargo, en esta mezcla con los contrarios se transmutan y, por eso, la cualidad que hace daño en la tierra es distinta de aquella que hasta aquí había venido del cielo, palabras cuya razón es confirmada con certeza por el efecto de nuestra filosofía, pues, hablando primeramente en general, la esfera del agua recibió las influencias de Marte por medio de la consonancia de diapasón, pero las recogió la naturaleza contraria a la esfera de éste, por lo que, invisiblemente, lucha el fuego con el agua y ésta, resistiendo más allá de su propia naturaleza, resulta perturbada. Igualmente, Saturno proyecta sus influencias con la misma proporción en el fuego, quien, al recibirlas, actúa de la misma manera que sufre en aquellos cuerpos más particulares. Vemos que la fuerza de Saturno es retentiva y, por accidente, hace con frecuencia daño cuando se recibe de una materia muy fría: entonces, en efecto, perjudica porque es recibida, como la mayoría de las veces, mediante congelación. Del mismo modo, sabemos que la fuerza de Marte es motriz y vemos que sus influencias son nocivas cuando aquélla se recibe de una materia muy cálida; entonces, dicho planeta perjudica, ya que es recibido mediante ardor. Ciertamente, todos estos daños no se producen a causa del efecto maléfico de las influencias, sino por la mala disposición de la materia. Del mismo modo, la densidad y la ligereza de ésta pueden también tener culpa.

Encontramos, además, que a veces la debilidad del sujeto es la causa de que los rayos y las influencias. benéficas produzcan efectos maléficos en él; ciertamente, sucede alguna vez que la luz del sol daña los ojos de un sujeto débil y que su calor y rayos estivales hacen daño asimismo a los más fuertes ‘y biliosos. Así también, hallamos que el influjo de Mercurio y el de Venus desencadenan a veces flatos y vientos en el aire; y la experiencia muestra que se engendraron sórdidas úlceras en la naturaleza biliosa mezclada con un superfluo humor pituitoso por las influencias de Marte y de la Luna situados entre sí en malos aspectos como cuadratura, conjunción u oposición, puesto que la naturaleza ígnea de Marte con la naturaleza acuosa de la Luna lleva progresivamente a la corrupción hasta el punto de producir una materia purulenta. Igualmente, Marte y Saturno, al encontrar sujetos contrarios, ya sea en hombre ya en animal, enferman a éste, por lo común con peste, fiebre pútrida o con enfermedades semejantes, mientras que otros animales de la misma especie, por la falta de materia contraria a la naturaleza marciana y saturniana, reciben libremente el influjo de estos planetas sin peligro y sin alteración alguna manifiesta.
De todo lo cual resulta evidente que, aunque todos los influjos celestes lleguen benéficos por sí mismos, a veces, sin embargo, la perversidad o debilidad del sujeto no puede soportar las naturalezas de los cuerpos superiores. Por la misma razón también, después de que cada naturaleza de la región de los elementos, indiferenciada en otro tiempo y confusa, hubo sido ordenada en proporciones consonantes según las reglas de las concordancias, la tierra obtuvo el lugar más alejado del fuego, su contrario. Del mismo modo, el agua fue puesta entre el aire y la tierra para que no lucharan de nuevo. Más aún: la esfera de la espúrea igualdad se interpuso entre la frialdad del agua y el calor del aire, y así, por causa de esta esfera central que participa por igual de ambos, se mantiene la paz entre estas esferas correspondientes a los elementos opuestos entre sí, como se ha dicho más arriba. De este modo, pues, allí donde se rompen los vínculos de paz de los cuerpos más simples vemos los efectos de la lucha y de la discordia en los elementos. Por ejemplo: si el fuego se mezcla con el agua, se producen truenos y rayos; si se mezcla en una gran proporción con el aire, aparecen relámpagos, cometas y demás meteoros ígneos; si lo hace la frialdad de la tierra con el aire, se condensan y reúnen en éste las nieves y granizos; si el agua con el aire, nieblas y nubes. De este modo se lleva a cabo a veces la confusión de las consonancias y aún de los mismos tonos, y todos estos accidentes producen en la región más baja del mundo las enfermedades de los cuerpos más simples, esto es: de los elementos. También en los cuerpos compuestos nace a veces un gran conflicto, perjudicial para el cuerpo, que se produce o por la violación de los lazos que unen los elementos que los integran o por la desigualdad de la proporción entre un elemento y otro, de todo lo cual no es nuestro propósito tratar más extensamente aquí, puesto que, a causa del ancho campo de este tema, sería más tedioso que conveniente para este nuestro discurso músico. Así pues, concluimos esta nuestra música mundana con el siguiente axioma: hace resonar el sol su diapasón para la generación y la tierra hace resonar el suyo para la corrupción.

BASE DEL SISTEMA DE GOBIERNO DE LA CIUDAD ASTROLÓGICA DOCENTÍN (PICATRIX) O LA CIUDAD DEL SOL

BASE DEL SISTEMA DE GOBIERNO DE LA CIUDAD ASTROLÓGICA DOCENTÍN (PICATRIX) O LA CIUDAD DEL SOL.
(POR TOMASO CAMPANELLA)

Hay un Príncipe Sacerdote entre ellos, que se llama SOL, y en nuestra lengua se dice Metafísico: éste es cabeza de todos en lo espiritual y temporal, y todos los asuntos se terminan en él.
Tiene tres Príncipes colaterales: Pon, Sin, Mor, que quiere decir: Potestad, Sabiduría y Amor.

El Potestad se cuida de las guerras y de las paces y del arte militar, es supremo en la guerra, mas no sobre Sol; se cuida de los oficiales, guerreros, soldados, municiones, fortificaciones y expugnaciones.

El Sabiduría se cuida de ladas las ciencias y de los doctores y magistrados de las Artes liberales y mecánicas, y tiene bajo sí tantos oficiales cuantas son las ciencias: esta el Astrólogo, el Cosmógrafo, el Geómetra, el Lógico, el Retórico, el Gramático, el Médico, el Físico, el Político, el Moralista y tiene un solo libro donde están todas las ciencias, que hace leer a todo el pueblo a la usanza de los pitagóricos. Y éste ha hecho pintar en todas las murallas, sobre los revillenes, dentro y fuera, todas las ciencias.
En los muros exteriores del templo y en las cortinas, que se bajan cuando se predica para que no se pierda la voz, están ordenadanente todas las estrellas con tres versos por cada una.
En el de dentro del primer círculo todas las figuras matematicas, más de las, que escribió Euclides y Arquímedes, con su proposición declarativa, En el de fuera esta la carta de toda la tierra, y después las tablas de toda provincia con sus ritos y costumbres y leyes, y con los alfabetos, ordenados sobre su alfabeto.

En el de dentro del segundo círculo están todas las piedras preciosas, no preciosas, y minerales, y metales verdaderos y pintados, con las declaraciones de dos versos por cada uno . En el de fuera es tan toda suerte de lagos, mares y ríos , vinos y óleos y otros licores, y sus virtudes y orígenes y cualidades; y hay garrafas llenas de diversos licores de cien y trescientos años, con los cuales sanan casi todas las enfermedades.
En el de dentro del tercero están pintadas todas las suertes de hierbas y árboles del mundo, e incluso en tiestos de tierra sobre el revellín , y las declaraciones de dónde e encontraron por primera vez, y sus virtudes, y las semejanzas que tienen con la estrellas y con los metales y con los miembros humanos, y su uso en medicina, En el de fuera todas las formas de peces de los ríos, los mares, y sus virtudes, y el modo de vivir, de engendrarse y criarse, y para qué sirven y las semejanzas que tienen con las cosas celestes y terrestres y del arte y de la naturaleza así quedé estupefacto cuando encontré el pez obispo y cadena y clavo y estrella cabalmente como estas cosas son entre nosotros. Hay equinos erizos, púrpuras y cuanto es digno de saberse, con arte admirable de pintura y de escritura que lo aclara.

En el cuarto por dentro, están todas las suertes de aves pintadas y sus cualidades,tamaños y costumbres, y el fénix es realísima entre ellos. En el de fuera están toda suerte de animales reptiles, serpientes, dragones, gusanos, y los . insectos, moscas tábanos, etc. , con sus condiciones, venenos y Virtudes; y son mas de lo que pensamos.
En el interior del quinto círculo se encuentran los animales más perfectos de la tierra en cantidad tal que produce asombro y de los cuales nosotros no conocemos ni la milésima parte. Por ser muy numerosos y de gran tamaño, están pintados también en la parte exterior de dicho círculo. ¡Oh! ¡Cuántas especies de caballos podría describirte ahora! Mas quédese para los doctos el explicar la belleza de las figuras.

En la parte interna del sexto círculo están representadas todas las artes mecánicas, sus instrumentos y el diferente uso que de ellas se hace en las diversas naciones. Cada una ocupa el lugar que le corresponde según su peculiar importancia y lleva la explicaci6n adecuada. A su lado figura el nombre del inventor. En la parte externa están todos los inventores de ciencias y de armas, así como también los legisladores. Entre ellos vi a Moisés, Osiris, Júpiter, Mercurio, Licurgo, Pompilio, Pitágoras, Zamolhim, Solón, Caronte, Foroneo y otros muchos. Incluso tienen dibujado a Mahoma, pero le consideran como legislador falaz y vil. En lugar prominente vi la imagen de Jesucristo y las de los doce Ap6stoles, a los que consideran dignos de toda veneración, estimándolos superiores a los hombres. En la parte inferior de los pórticos contemplé las figuras de César, Alejandro, Pirrón, Aníbal y otros héroes, principalmente romanos, ilustres así en la guerra como en la paz. Y cuando, lleno de asombro, les pregunté por qué conocían nuestra historia, me respondieron que ellos sabían todas las lenguas y que a tal fin enviaban constantemente a todas las partes del mundo exploradores y delegados para conocer las costumbres, el poder, el régimen, las historias y las cosas, buenas y malas, de las naciones, con el objeto de que luego informasen de ello a su nación. Semejante instrucción los deleita sobremanera. He sabido que los chinos inventaron, antes que nosotros, la pólvora y la imprenta. Hay Maestros dedicados a explicar las pinturas, los cuales acostumbran a los niños a aprender todas las ciencias sin esfuerzo y como jugando. El método empleado por ellos es el histórico, hasta que los niños llegan a la edad de diez años.

En primer lugar, el Amor tiene a su cargo todo lo concerniente a la procreación, a fin de que hombres y mujeres se unan entre sí en condiciones tales que engendren una excelente prole. Se mofan de nosotros que, preocupándonos afanosamente de la cría de perros y de caballos, descuidamos por completo la procreación humana. Al Amor está encomendada también la educación de los hijos, el arte de la farmacia, la siembra y recolección de legumbres y de frutos, la agricultura, la ganadería, las provisiones alimenticias, el arte culinario y, en fin, todo lo referente al alimento, al vestido y a la unión carnal. A las órdenes del Amor se encuentran numerosos Maestros y Maestras consagrados a las mencionadas ocupaciones.
En la dirección de las referidas funciones los triunviros (el Poder, la Sabiduría y el Amor) proceden de acuerdo con el Metafísico, sin el cual nada se hace.

Todos los asuntos de la República están encomendados a los cuatro, quienes obran de consuno, pues el deseo del Metafísico es secundado por los demás.

(Esquema de gobierno basado en el gozo de los planetas )

No hay texto alternativo automático disponible.

UNA REFLEXIÓN DESDE EL MODELO NATURAL. LA CIENCIA

LA CIENCIA
Agustín López Tobajas (Manifiesto contra el progreso)

Comprender la situación del hombre con relación al cosmos exige profundizar en el significado de ambos términos. Pero no es con microscopios como podremos entender lo que es el hombre, ni tampoco con telescopios como averiguaremos qué es el cosmos. Comprender es remitir cada fenómeno a su arquetipo celestial, percibir la dimensión universal que se transparenta en cada evento singular. Es éste un proceso que nada tiene que ver con el saber de la ciencia moderna, que es mera acumulación de información sobre el aspecto accidental de los fenómenos, reducible, por tanto, a datos estrictamente cuantificables. La ciencia moderna, que sólo toma en cuenta los datos percibidos por los sentidos o recogidos por medio de su instrumental tecnológico, ignora por ello mismo todo cuanto transciende el orden físico, lo que equivale a decir que ignora lo fundamental, pues lo secreto -como dice el Zohar- habita en el corazón de la apariencia, y lo conocido no es más que un aspecto aparente de lo desconocido. En efecto, el hecho fenoménico no es más que la superficie externa de un proceso que se desarrolla en profundidad, a través de una pluralidad de niveles supra físicos, y que escapa, por tanto, a los órganos sensoriales lo mismo que a los instrumentos técnicos Estructurado según una visión mecanicista de la realidad, el moderno conocimiento científico es un saber ignorante, que deja escapar cuanto de significativo y decisivo hay en el mundo de los fenómenos para la existencia humana; pretende la universalidad, pero, limitando de entrada su visión al campo de lo físicamente constatable o de lo expresable en su lenguaje matemático, rechaza cualquier otra posibilidad de conocimiento y, a partir de ahí, con la misma autoridad con que un ciego podría negar la realidad de los colores, decreta la inexistencia de todo lo que no alcanza a percibir y niega el sentido a todo aquello que es incapaz de comprender; en otras palabras, erige su miopía en método y su desconocimiento en sistema. Amputada la realidad para ajustarla a los límites de sus hipótesis, la ciencia, excluyendo todo lo que podría cuestionarla, no puede hacer otra cosa que verificarse continuamente a sí misma. Sus descripciones del mundo fenoménico, tan detalladas y prolijas como se quiera, en ningún caso penetran un ápice tras la corteza exterior de lo real.

Proporcionará así una interpretación más o menos detallada de la apariencia del fenómeno, pero siempre a expensas de la ignorancia total de cuanto excluye, es decir, de lo esencial. En consecuencia, jamás esclarece la razón última de ser de los procesos; sus pretendidas explicaciones no son, en el mejor de los casos, sino meras descripciones de los cambios que se suceden en la superficie: crónicas de sucesos, murallas de palabras o de signos en torno a un misterio que permanentemente se sustrae. Y en la medida en que tiende hacia la cantidad pura, la ciencia progresa en in-significancia y en in-sensatez, pues significado y sentido son prerrogativas de la cualidad, ajenas al ámbito de la cantidad.

En contra de lo que creen tantos estudiosos modernos, el hombre antiguo jamás persiguió en sus cosmologías la exactitud científica, sino lo que él sabía mucho más importante: la verdad espiritual que se expresaba a través de los mitos y los símbolos.
Si los esquemas cosmológicos de la antigüedad colocaban a la Tierra -y por ende al hombre- en el centro del Universo, era en tanto que imágenes mórficas en el entramado simbólico de la realidad total, no como descripciones de una realidad física que sólo tenía un valor muy secundario para el hombre tradicional. Inconsciente de la insignificancia esencial a que él mismo se ha reducido, desterrado a la periferia material del cosmos, el hombre moderno pretende ocupar presuntuosamente el centro mismo de toda realidad; es él y no el hombre medieval el que, con tanta ingenuidad como soberbia, se cree en el centro del mundo.

Si los científicos renacentistas tenían razón frente a los del Medioevo, era sólo en cuanto a la exactitud de los fenómenos, pero no en cuanto a la verdad de la esencia ni a la legitimidad del conocimiento. El propio Goethe, negándose a mirar por el telescopio, vio infinitamente más lejos que Galileo con su nuevo artefacto. A diferencia de la ciencia moderna, las ciencias tradicionales no buscaban la exactitud cuantitativa sino la Verdad cualitativa. Poniendo de relieve la multiplicidad de los planos del Ser y la vinculación de las realidades del mundo físico con sus arquetipos metacósmicos, las cosmologías antiguas, por ingenuas o inexactas que a la mentalidad moderna le puedan parecer en sus apreciaciones, estaban mucho más próximas a la verdad que la ciencia actual con todo su aparato tecnológico y su maníaca obsesión de exactitud.
Hay dos verdades fundamentales sobre el conocimiento de los fenómenos. Primera, el ser humano está hecho para lo Absoluto y todo conocimiento fragmentario desgajado de sus raíces metafísicas acaba resultando fatídico. Segunda, el ser humano no tiene derecho a conocer cuanto quiera o pueda en el dominio de la naturaleza. El conocimiento de lo relativo debe estar en función de su madurez mental y espiritual y de su recta voluntad para hacer de él un uso prudente y circunspecto. No se enseña a un niño el funcionamiento de un arma. El hombre moderno se cree adulto, pero, colectivamente hablando, es incapaz de cualquier autocontrol y, suprimida toda barrera como ignominiosa afrenta a lo que llama su «libertad», se encuentra a merced de sus apetencias e impulsos más primarios e inmediatos.

En suma, hay un conocimiento superior y unos saberes inferiores. Los saberes inferiores, las ciencias analíticas, son legítimas sólo cuando se desarrollan paralelamente al conocimiento de las verdades fundamentales y están vinculadas a éstas, pues sólo el conocimiento de lo absoluto puede preservar, garantizar y fundamentar el conocimiento de lo relativo.

Quizá la más infausta consecuencia de la ciencia moderna sea haber producido una incapacidad generalizada para percibir el misterio insondable que late en todo lo real, adormeciendo en el hombre toda capacidad de captación de lo intangible, es decir, cualquier rastro de inteligencia específicamente humana. Los científicos, superponiendo al cosmos una estructura matemática, han destruido la visión orgánica de la naturaleza, reduciendo el mundo natural a un conjunto de leyes mecánicas. Al abolir toda conciencia de la relación entre ser humano, cosmos y Espíritu, la ciencia, saber literalmente superficial, ha planificado el mundo arrancándole toda dimensión de profundidad. El hombre tradicional vivía en un universo de valores simbólicos y, por tanto, potencialmente abierto por todas partes al Infinito. El hombre de mentalidad científica ha sustituido la verdad cualitativa por la exactitud cuantitativa, es decir, ha despreciado la sabiduría por el cálculo (y calcular es propio de mercenarios, decía san Juan Crisóstomo), ha trocado la multidimensionalidad del símbolo que abre a lo universal por la unidimensionalidad de la cifra que encierra en lo particular, ha sustituido el universo polivalente de las antiguas imágenes cosmológicas, que desbordaban su mente estrechamente aritmética, por un mundo de discursos, de cifras y de signos, al que atribuye (¡a saber por qué!) mayor grado de realidad, y ha recluido a la inteligencia en el marco de un estrecho dualismo entre la empiria de lo sensorialmente percibido y la abstracción desencarnada del razonamiento lógico, los dos polos entre los que se debate convulsa la esquizofrenia intelectual del Occidente contemporáneo. Se ha encerrado así en la reducida y lúgubre caverna en la que una razón analítica mutilada, en tanto que desgajada de sus raíces luminosas, confunde las esencias con las contingencias, los seres con sus sombras: la mentalidad científica -es decir, la mentalidad hoy en día común- vive rodeada de fantasmas, su mundo es un mundo de espectros.
Lo menos que puede decirse es que una cosmovisión articulada en ecuaciones matemáticas no es más legítima que otra surgida de la imaginación creadora y la experiencia visionaria, pero sin embargo el hombre de mentalidad científica se cree más sabio que el de siglos pasados simplemente porque es capaz de encadenar retahílas de fórmulas, olvidando que cualquier sabiduría antigua empezaba por colocar al ser humano ante el Misterio, enfrentándolo con el Absoluto y con la Nada, límites cuidadosamente esquivados por el cómodo relativismo contemporáneo. Renunciando de antemano a hablar de lo único que importa, la moderna ciencia occidental podría ocupar, a lo sumo, unas cuantas notas a pie de página en la historia del conocimiento humano.

Levantada sobre las ruinas de antiguas sabidurías, la ciencia asume actualmente el papel que antaño desempeñó el aspecto exotérico de las religiones en el campo de las creencias. El fervor científico ha sustituido al religioso en la mentalidad popular y los dogmas de la ciencia -para la que no hay más libertad de pensar que la que ella autoriza ocupan el lugar que en su día ocuparon los de la Iglesia; todo enunciado avalado por la etiqueta de «científico» es considerado como axiomáticamente verdadero, expresión apodíctica de una Verdad superior, actitud tanto más chocante cuanto que es de público dominio que no hay teoría científica que resista incólume el paso de unos pocos años. En un mundo que declara abolida toda discriminación, en el que cualquiera puede ser artista, juez o jefe de estado -y ahí están las consecuencias- y donde todos tienen derecho a opinar de todo, el profano nada puede decir de los asertos de la ciencia; sólo el linaje selecto de los científicos, mistagogos de la Nueva Iglesia Universal, disfruta el privilegio de la palabra, la prerrogativa de dictar los principios que regirán el universo durante la próxima década.

Responsables inmediatos de las armas químicas y nucleares, de las substancias de toda índole que envenenan la tierra, el aire y el agua, de cuantos ingenios siembran la muerte de cuerpos y de almas a lo largo y ancho del mundo, los científicos, auténticos virtuosos del cataclismo, se sitúan sin embargo en la mentalidad popular más allá del bien y del mal, como no lo estuvo nunca una casta sacerdotal o un grupo de poder. Parece como si todas las plagas y calamidades que nos azotan y las innumerables modalidades de destrucción que consciente e inconscientemente ha desarrollado la humanidad, y con las que se devasta el planeta y se extermina a los seres humanos, no tuvieran nada que ver con la ciencia.

Como tendencias especulativas al margen de toda forma de experiencia, las llamadas nuevas orientaciones de la ciencia, que abolirían supuestamente el materialismo mecanicista de los últimos siglos, son más bien irrelevantes. Hablar de energía en lugar de materia, de espacio curvo de múltiples dimensiones en lugar del espacio euclidiano, etc., es sustituir unas imágenes físicas -que podrían, en todo caso, conservar el valor de símbolos- por especulaciones tan complejas como estrictamente conceptuales y, a la postre, alejarse más, si cabe, de cualquier conocimiento en profundidad. Un mundo que no puede ser percibido ni imaginado, que sólo puede ser expresado en formulaciones matemáticas, no pasa de ser una fantasía inerte que el hombre no habita, monstruosa e inoperante proyección de la patología hipertrófica de su mente analítica. Algunos de esos «nuevos científicos», como niños deseosos de meter en su cubo toda el agua del océano, andan ahora a la búsqueda de un hueco en su entramado en el que poder meter a Dios y ofrecer así se imaginan la idea de una ciencia espiritualizada. Mejor harían en buscar más humildemente en Dios las posibilidades de ubicación de cualquier conocimiento, incluido el conocimiento inferior de la ciencia. En cualquier caso, sus nuevas orientaciones teóricas no impiden a la ciencia seguir promoviendo las mutaciones genéticas, las clonaciones humanas o el perfeccionamiento incesante de la industria de la guerra. Los problemas básicos de la ciencia son los límites legítimos y oportunos del conocimiento, el equilibrio entre el saber y el ser, la jerarquía entre el Conocimiento y los saberes; y ninguna «nueva ciencia» parece interesada en considerar tales problemas. Si el pensamiento científico aspira todavía a conocer algo real, debería empezar por volver su mirada sobre sí y plantearse las razones de que su cultivo y aplicación hayan colocado al mundo al borde mismo de su total destrucción.
Quieran aceptarlo o no los científicos, el Misterio nos envuelve y es nuestro destino, nos aguarda ineluctablemente tras cada interrogante radical de la existencia y nos impulsa hacia la transcendencia, allí donde la ciencia no podrá acceder jamás.

DE LAS CUATRO MANERAS DE MANIFESTARSE EL INFLUJO DE LAS ESFERAS CELESTES EN LA TIERRA

DE LAS CUATRO MANERAS DE MANIFESTARSE EL INFLUJO DE LAS ESFERAS CELESTES EN LA TIERRA (Maimonides “Guia de Descarriados”)

Sabido es que los filósofos sostienen que el orden del mundo sublunar, compuesto de seres perecederos, depende de las fuerzas que emanan de las esferas celestiales. También lo dicen nuestros sabios. Aunque los influjos de las esferas se extienden a todos los seres, hay además un particular influjo de una estrella para cada especie, hecho que también se ha observado al tratar de las diversas fuerzas de un cuerpo orgánico, porque el conjunto del Universo es como un organismo viviente, según declaramos antes.

Hablan los filósofos del peculiar influjo de la Luna sobre el elemento agua. Pruébase por el ascenso y descenso de las aguas, coincidente con el creciente y decreciente de la Luna. El influjo de los rayos del Sol en el fuego puede observarse en el enfriamiento y calentamiento de la Tierra, según que el Sol se acerque o se retire, o se oculte. Todo esto es tan claro que no necesita ser explicado. Me ha parecido que las cuatro esferas estelares que influyen en el nacimiento de todos los seres terrenos deben ejercer su influencia, cada una sobre cada uno de los cuatro elementos, siendo la causa de sus movimientos y mudanzas. Así la esfera lunar mueve al agua, la solar al fuego, la planetaria al aire, y la de las estrellas fijas a la Tierra.
Hay cuatro causas de movimiento de cada esfera. Su forma esférica, su alma, su entendimiento en virtud del cual es capaz de concebir ideas y la Inteligencia a quien desea asemejarse la esfera. La explicación de ello es como sigue: La esfera no podría estar continuamente en movimiento si no tuviera la forma peculiar que tiene; la continuidad del movimiento sólo es posible cuando es circular. Las esferas tienen que tener un alma; porque sólo los seres animados se mueven libremente. Su movimiento no consiste en la inclinación a eludir el daño y a buscar el provecho, sino en que las esferas se forman idea de un cierto ser al que anhelan aproximarse; ahora bien, para formarse una idea de este ser, precisa que posean entendimiento. En fin, es menester, que haya algo a que corresponda aquella Idea ejemplar a que desean asemejarse las esferas. Tales son las cuatro causas de su movimiento. Las cuatro fuerzas principales que directamente derivan de las esferas celestes son: la naturaleza de los minerales, las propiedades de las plantas, las facultades del animal, y el entendimiento del hombre.

Vale la pena fijar nuestra atención en el número cuatro, que quizá parezca extraño. En el Midrach Tanhuma se halla el siguiente pasaje: «¿Cuántos peldaños había en la escala de Jacob? –cuatro». Al describir Zacarías la visión alegórica de los «cuatro carros que salían de entre dos montañas, que eran montañas de bronce», explica: Son los cuatro espíritus de los cielos que salen de donde están, delante del Señor de toda la tierra» (Zac. VI, 5). Por estos cuatro espíritus se figuran las cuatro causas que producen todos los cambios del Universo .

El dicho de nuestros sabios, de que el ángel es tan dilatado como la tercera parte del Universo, o con las palabras del Berechit Rabba (Cap. X), que el ángel es la cuarta parte del mundo, claramente lo hemos explicado en nuestro mayor libro sobre la Santa Ley. El conjunto de la Creación consta de tres partes: l.-Las Inteligencias puras o ángeles. 2.-Los cuerpos de las esferas. 3.-La materia prima, o los cuerpos que están debajo de las esferas y sometidos a constante mudanza. De tal suerte pueden entender los oscuros dichos de los profetas quienes lo deseen, despertándose del sueño del olvido, liberándose del mar de la ignorancia y remontándose hacia los seres superiores. Pero los que prefieran nadar en las aguas tenebrosas y descender, no necesitan esforzar el cuerpo y el corazón; les basta con renunciar al movimiento, y descenderán conforme a la ley de la , naturaleza. Reflexiona sobre todo lo que te he dicho.